terça-feira, 20 de setembro de 2011

A propósito del cuarto aniversario de vigencia del motu proprio "Summorum Pontificum"



En el cuarto aniversario de la entrada en vigor del motu proprio Summorum Pontificum, publicado el 7 de julio de 2007 por el Romano Pontífice felizmente reinante, la Asociación Cultural Roma Aeterna, desea compartir las siguientes reflexiones:

1. Este documento papal instauró la pax liturgica en la Iglesia: en lo sucesivo, la forma de celebrar la Sagrada Liturgia –según el uso moderno o según el uso clásico– no debía ser motivo de división y controversia entre los católicos, como desgraciadamente lo fue durante cuatro décadas. El motu proprio era y es un documento que desea la reconciliación en el seno de la Iglesia, pero no se trata de una componenda circunstancial, sino que parte del principio de la perfecta ortodoxia y legitimidad de las dos formas del rito romano: la ordinaria y la extraordinaria. Ambas expresan, cada una según su propio ethos, la lex orandi de la Iglesia, a su vez concreción de la lex credendi. Son formas diferentes pero no contradictorias entre sí. Carece, pues, de todo sentido empeñarse, desde la instancia que sea, en seguir discutiendo sobre la vigencia, el valor o la legalidad de cualquiera de las dos formas. Ambas constituyen parte del tesoro litúrgico y del patrimonio de la Iglesia.

2. Si bien el Santo Padre Benedicto XVI promulgó su documento como una Carta Apostólica motu proprio dada (es decir, por propia iniciativa), ello no es menos cierto que en modo alguno ignoró o menospreció la autoridad de los obispos, moderadores de la sagrada liturgia en la iglesia local que les está encomendada. Previamente se puso personalmente en contacto con ellos para explicarles el paso que estaba a punto de dar y la Carta a los Obispos que acompaña el motu proprio da fe de la exquisita delicadeza y del respeto al principio de sana colegialidad mostrados por el Papa. Es más, a ellos encomendó vigilar para que se aplicara rectamente Summorum Pontificum e informar a la Santa Sede pasado un trienio, cosa que se verificó puntualmente en la mayoría de los casos. A pesar de que hubo al principio algunas reacciones negativas públicas de parte de algunos prelados, también es verdad que otros acogieron el motu proprio en espíritu de disponibilidad y de adhesión inequívoca a Pedro. Hay que admitir, sin embargo, que en amplios sectores del Episcopado el documento pontificio ha sido recibido con silenciosa obsecuencia.

3. La aparición de la Instrucción Universae Ecclesiae de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei de fecha 30 de abril de este año, puso de manifiesto que el motu proprio Summorum Pontificum es un documento que ha tenido trascendencia en la vida de la Iglesia. El hecho de que se haya esperado hasta pasados largamente sus tres años de vigencia permite pensar que se tuvieron en cuenta los informes recibidos de los obispos acerca de su aplicación. El reforzamiento del motu proprio que la Instrucción claramente significa, muestra su importancia y vitalidad. Además, en todo este tiempo, las autoridades al frente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, así como las de la Congregación para el Culto Divino, han subrayado que el rito romano extraordinario es un tesoro para toda la Iglesia y no sólo para determinados grupos de fieles, lo cual queda de manifiesto por el hecho de que muchos jóvenes que antes no conocían esa liturgia, tanto sacerdotes como seglares, se han acercado a ella e incluso la han hecho suya.

4. Es innegable que la situación actual del rito romano extraordinario, oficialmente normalizada, ha experimentado un gran progreso desde la entrada en vigor del motu proprio Summorum Pontificum, progreso que va desde la mentalidad de indulto y la práctica proscripción y clandestinidad hasta el estatuto de libertad y la naturalidad con la que allí donde se aplica la disposición papal se celebra la liturgia de acuerdo con los libros litúrgicos vigentes antes de la reforma postconciliar. Sin embargo, se está aún lejos de poder considerar que el motu proprio ha alcanzado plenamente sus objetivos. Desgraciadamente, si no hay hoy una oposición frontal de parte de la Jerarquía católica (salvo rarísimos casos), sí persiste en cambio una suerte de resistencia pasiva que puede rastrearse en la actitud de muchos ordinarios, resistencia que consiste en no tratar el asunto, en silenciarlo, en ejercer una sorda y sutil pero efectiva presión desde las curias episcopales para disuadir a los párrocos (que son los que deciden de acuerdo con la voluntad del Papa) de que asientan a las peticiones de los grupos que desean las celebraciones según el usus antiquior.

5. En no pocos casos los obispos reticentes se escudan detrás del pretexto de que no hay grupos en sus diócesis que pidan la celebración regular de la liturgia romana extraordinaria o el número de fieles afectos a ella es mínimo y sin trascendencia. A lo cual hay que responder que dicha liturgia es un tesoro de toda la Iglesia y no un patrimonio de unos pocos diletantes o nostálgicos. Aun cuando no hubiera un solo fiel que conociera y pidiera la celebración según el usus antiquior, éste continuaría siendo tal tesoro de toda la Iglesia, con derecho pleno a existir y posibilidad de ser practicado sin cortapisas. Por otra parte, no sólo se trata de un tesoro universal en el espacio, sino en el tiempo, lo cual quiere decir que vale para las generaciones que lo conocieron en su pleno esplendor como para las que no lo han conocido debido a su injusta proscripción durante décadas. Como dice Benedicto XVI: “Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial” (Carta a los Obispos del 7 de julio de 2007). Además, ¿Cómo se pretende que los fieles pidan celebraciones litúrgicas en la forma extraordinaria del rito romano si no la conocen? Ignoti nulla cupido. Pero es un hecho comprobado que, en cuanto la conocen, muchos la aprecian y hasta la desean. No es casualidad que sea cada vez mayor la proporción de gente joven que asiste a esas celebraciones, siendo así que hoy en día sólo alguien mayor de 55 años podría haber conocido la misa y haber recibido los sacramentos con los libros litúrgicos vigentes en 1962.

6. Otro pretexto para evitar a toda costa la aplicación del motu proprio consiste en exigir que el sacerdote que ha de celebrar sea, a la par que eximio latinista, un consumado liturgo, cosa que, curiosamente, no se exige si se trata del rito ordinario celebrado tal como consta en las ediciones típicas latinas. Y ello por no hablar del descuido y negligencia con los que muchos sacerdotes celebran con esta liturgia incluso en lengua vernácula. Se hace una interpretación estrecha del “sacerdos idoneus”, siendo así que basta que tenga un conocimiento suficiente del latín y de las rúbricas del rito extraordinario como para entender lo que celebra y celebrar dignamente. Pero es evidente que nadie tiene ciencia infusa en materia de liturgia y un joven sacerdote que no ha conocido ni conoce las antiguas ceremonias ni tiene nociones de latín (como es, desgraciadamente, el caso de la gran mayoría de clérigos por debajo de los cincuentena) no es obviamente un sujeto idóneo para celebrar en la forma clásica, pero puede aprender a hacerlo y hoy en día, con los modernos medios de aprendizaje y tutorías es relativamente fácil hacerlo. Aún más: en los seminarios y noviciados debería poder estudiarse las dos formas del rito romano en su historia, en sus ceremonias y en sus rúbricas, teórica y prácticamente. Ello redundaría en el “mutuo enriquecimiento” deseado por el Santo Padre Benedicto XVI. 
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